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Escrito por Michael L. Segall   
lunes, 24 de marzo de 2008

Extracto de la conferencia dictada por Michael L. Segall, el 15 de noviembre de 1997, en el Círculo Condorcet-Brossolette, de París.

 

Querido Presidente; señoras, señores, Hermanas y Hermanos:

Como ustedes saben, el título de esta conferencia es "Condorcet y la educación”. Es por tanto aceptablemente cierto que voy a hablar de Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, Marqués de Condorcet, y de la educación. Pero lo haré a mi manera. Quienes me hayan oído en alguna otra ocasión no se sorprenderán por ello. Solamente espero que nadie haya venido hasta aquí hoy con el deseo de oir una conferencia pedante y escolar, como su título podría haber dado a entender.

Ciertamente no comparezco hoy ante ustedes para discutir ni analizar todos los detalles cifrados, anotados y comentados acerca de la vida de Condorcet. Esto ya se ha hecho muy bien y en numerosas ocasiones, sobre todo por los esposos Badinter, hace ya tiempo. Así que, ¡a leer! También recomiendo lo que acerca de él dicen nuestras grandes enciclopedias. Admito desde un principio y sin ninguna vergüenza haber encontrado en ellas un buen número de elementos biográficos y literarios, a los que me referiré enseguida. Tampoco entraremos a discutir la visión que hace ya dos siglos Condorcet tenía sobre la educación; visión que, a fin de cuentas, no constituye más que una parte de los millares de cosas que apasionaron a este hombre brillante, muerto prematuramente y, como otros muchos grandes hombres, bajo unas circunstancias a cuyo advenimiento él mismo había contribuído.

Nacido en 1743, en Ribemont, muere en 1794 en Bourg-la-Reine, a la edad de sólo 51 años (en una época en la que, por excelentes razones, no se vivía mucho tiempo). Este matemático, filósofo de las Luces y reformador de la educación predicó, sin haber sido nunca masón, una idea que determinadas obediencias masónicas –aunque no la nuestra- adoptarán conscientes o no de ello: que el hombre es un ser naturalmente bueno y que su perfectibilidad es ilimitada.

Descendiente de una antigua familia del Aisne, los Caritat, Condorcet estudia con los Jesuitas en Reims y en el Colegio de Navarra en Paris, donde sobresalió por su talento hacia las matemáticas. Con apenas 26 años se convierte en miembro de la Academia de las Ciencias. Fue amigo de la mayoría de los intelectuales más prominentes de su tiempo y un celoso defensor de las ideas llamadas “progresistas”, tan en boga entre las gentes de letras de la época. Protegido del ilustre matemático y filósofo Jean d'Alembert, Condorcet toma parte activa en el lanzamiento de la Enciclopedia. Fue elegido secretario perpetuo de Academia de las Ciencias en 1777 y cinco años más tardes se convierte en miembro de la Academia Francesa.

A los 43 años se casa con Sophie de Grouchy, de ventiun años, de la que se decía que era una de las mujeres más hermosas de su tiempo y que le sobrevivió 28 años. Su salón de la casa de la Moneda -su marido fue nombrado por Turgot inspector general del ramo- se hizo célebre por aquel entonces.

Cuando estalla la Revolución, que saluda con entusiasmo, Cordorcet se lanza a una intensa actividad política. Obtiene un escaño en la Asamblea Legislativa entre los elegidos parisinos y rápidamente se convierte en su secretario. Aboga entonces por una gran reforma del sistema educativo y en 1792, presenta a esta misma Asamblea Legislativa un notable plan de organización de la instrucción pública, plan que sirvió de base al que finalmente sería adoptado.

Condorcet fue de los primeros en pronunciarse a favor de la República en Francia. Redactó la declaración que justificaba la suspensión de la realeza y la convocatoria de la Convención, donde él mismo representará a la provincia de l'Aisne y fué miembro de la comisión de la Constitución. Su proyecto, moderado y de tendencia girondina, fue rechazado en favor del proyecto de los jacobinos y de Robespierre. En el proceso de Luis XVI votará en contra de la sentencia capital. Su actitud independiente le ponía cada vez en un mayor peligro y su oposición a la detención de los girondinos lo convirtió en un “fuera de la ley”, obligándole a esconderse en casa de sus amigos.

Durante la clandestinidad se entregó a la obra por la que será más conocido, la “Esquisse d'un tableau historique des progrés de l'esprit humain”, cuya idea de base era la de un progreso continuado de la especie humana hasta su perfección última. Considera que los hombres parten del estadio animal más elemental, sin superioridad (salvo física) sobre los otros animales, pero que van avanzando sin tregua por la senda de la luz, de la virtud y la felicidad. Condorcet postula nueve etapas por las que la especie humana ya había pasado y que se correspondían con las grandes épocas de la historia.

Según él, habría una época futura, la décima, de la que se ocupa en la parte más original de la “Esquisse”. Después de presentar su idea de que las leyes que parecen regir el pasado pueden dar algún indicio de lo que cabría esperar en el futuro, Condorcet afirma que hay tres tendencias características del pasado que, puede considerarse, volverán a darse en el futuro:

  1. La desaparición de las desigualdades entre las naciones.
  2. La desaparición de las desigualdades entre las clases.
  3. La perfectibilidad ilimitada del hombre, en sus dimensiones física, intelectual y moral.

La igualdad -hacia la cual piensa que tienden tanto las naciones como los hombres- sería una igualidad de derechos y de libertades, no una igualdad absoluta. Los estados y los hombres, nos dice Condorcet, son iguales si son igualmente libres y tienden hacia la igualdad por tender hacia la libertad.

Por lo que concierne a la perfectibilidad ilimitada, Condorcet no niega que el progreso pueda estar condicionado por las características de la propia humanidad y de su entorno. Declara sin embargo que esas condiciones son compatibles con un progreso sin límites y sin fin, que el espíritu humano – e incluso la prolongación de la vida humana- no puede en absoluto definir ningún límite. Esta hipótesis explica la importancia que concede a la educación del pueblo, en el que confía para cualquier progreso. Prevé en la “ Esquisse d'un tableau historique des progrés de l'esprit humain”, al margen de muchos errores debidos, tal vez, a circunstancias difíciles de transcribir, un espíritu de esperanza y de optimismo excesivo, casi pueril, que lo sitúa en la línea de los mejores utopistas.

Aunque era marqués, y por ello un miembro importante y de alto rango de la clase dirigente del Antiguo Régimen, Condorcet y su libro sorprenden por su extrema aversión tanto hacia la fe religiosa como hacia la monarquía. Pero ya sabemos que los revolucionarios de toda guisa – incluso los revolucionarios desengañados y los revolucionarios de salón – han sido con frecuencia reclutados entre las clases acomodadas o educadas al menos, a las que luego combaten. Después de todo, Stalin había sido seminarista durante cinco años y, después, empleado del observatorio astronómico de Tiflis en Georgia. Robespierre, que era abogado e hijo de abogado, vivía muy confortablemente de su práctica profesional. Lenin fue hijo de una familia feliz, educada y culta. Su padre era inspector escolar, y su madre era hija de un médico. Un día de éstos alguien debería escribir un libro sobre las implicaciones psicológicas del tema...

Condorcet, que no se sentía ya seguro en ninguno de sus escondites, acabó huyendo. Después de haber errado durante tres días,escondiéndose en los campos y en canetras abandonadas, llega a Clamart la tarde del 27 de marzo de 1794. Reconocido, es arrestado y encarcelado en Bourg-la-Reine. Dos días más tarde, por la mañana, es encontrado muerto en su celda. Si murió de fatiga u otras privaciones, o murió envenenado, es algo que jamás se sabrá con certeza.

Hombre de las Luces en el mejor sentido del término, defensor hasta cierto punto de la tolerancia religiosa y de la libertad económica, y sin lugar a dudas de la abolición de la esclavitud, Condorcet quiso aplicar la razón al terreno social. Antes que el estudio del comportamiento humano a través de las ciencias morales y físicas por separado, como se venía haciendo con anterioridad, propone estudiarlo a través de una fusión de ambas ciencias, perspectiva que habrá de desembocar en la Sociología.

Lejos de cualquier chovinismo particularista, puede afirmarse que Francia es el centro de orígen de los movimientos pedagógicos nacionales. Éstos comienzan con los filósofos racionalistas y libertarios (apenas uno se atreve a decir “liberal” en nuestros días) como Voltaire y Diderot, que proponen el desarrollo del individuo gracias a la educación del Estado, no como un medio de adaptarlo a dicho Estado y a su gobierno sino, al menos en principio, como un medio de crear ciudadanos independientes, críticos y responsables. Condorcet estuvo siempre muy cerca de esas ideas considarando que el hombre es bueno por naturaleza y capaz de una mejora infinita. Para él, el papel de la educación debía ser “el perfeccionamiento general y el gradual crecimiento del hombre”.

Su proyecto de política escolar también era democrático y libertario: se necesitaba una instrucción pública dotada de una estructura uniforme y con iguales oportunidades para todos. La calidad del trabajo y la inteligencia debían ser los únicos parámetros de selección y de promoción. Los intereses privados debían perder cualquier influencia en la educación.

La educación, tal como la entiende la Masonería, ¿está influenciada por el rousseaunismo, por las ideas de un Voltaire y de un Diderot, o por el post- rousseaunismo del Marqués de Condorcet? Y previamente, ¿de qué educación estamos hablando?

La tradición y las leyes de la Gran Logia de Francia dicen que la Masonería no se mezcla nunca en temas de política ni de religión y que los masones son libres de hacer lo que estimen oportuno, siempre que sepan evitar los extremismos de una y otra parte y, sobre todo, si saben evitar que su obediencia se vea implicada en ellos. No hay pues, o no debería haber, una actitud única de la Masonería frente a los temas de la educación. Hay actitudes y actuaciones de los masones en ese ámbito, pero a título individual, lo que debe distinguirse de las actuaciones colectivas, siempre espectaculares y ruidosas, con frecuencia inútiles, propias de diversos grupos con los que la Gran Logia de Francia no comulga.

Después de la época del Terror, después de las guerras de los siglos XIX y XX, después de las diversas dictaduras y, sobretodo, después del comunismo y del nazismo, pocas personas se dejan acunar todavía con los sueños utópicos de un Jean-Jacques Rousseau y sus acólitos. Pocos, sobre todo los que nunca han estado en contacto directo con la miseria, la lucha por la surpervivencia, el sufrimiento, la criminalidad, etc., creen aún en la bondad inherente de la especie humana, que sólo se hallaría pervertida en algunos individuos, algunas estructuras y algunas ideas reputadas como malignas.

La tendencia actual, netamente más realista y desengañada -puede que igualmente excesiva- es la de considerar al hombre como fundamentalmente malo, al que sólo lo pueden sujetar el miedo y las leyes cuya promulgación en gran número parece ser, en algunos países, un deporte nacional y, eventualmente, por un barniz mínimo de educación y de moral. Como todo el mundo en este terreno, como Condorcet pero quizás con una dosis menor de fe cándida en las cualidades inherentes de la humanidad, la Masonería plantea al respecto una serie de postulados:

  1. La idea de que los hombres pueden mejorarse, en su mayor parte, por la actuación inteligente de otros hombres. O, al menos, de que sus oportunidades pueden ser mejoradas.
  2. La idea de que quienes tienen ya un fondo de humanidad, de inteligencia, de estabilidad afectiva y moral, de imaginación y de voluntad pueden ser mejorados mucho más, por su propia actuación y por su propia voluntad, sobre todo si están ubicados en un entorno apropiado, haciéndose así capaces de actuar para su bien y para el bien de los demás.
  3. La idea de que -en un mundo donde la especialización cada vez más estrecha hace que cada vez más gentes sepan cada vez más cosas sobre temas cada vez más puntuales- la aludida mejora de sí mismo no puede producirse sin una educación generalista, personal y voluntaria que expanda tanto al espíritu como al propio saber más allá de lo académico, que sólo permitiría una mejor conocimiento del mundo en el que vivimos.

Podría parecer que la Masonería se sitúa en la estela de Condorcet al creer ella misma en la posibilidad de mejorar a los hombres. Pero en realidad no lo está, pues no cree que esta perfectibilidad pueda alcanzar a todo el mundo ni mucho menos que se pueda lograr la perfección absoluta. La serpiente del Génesis, mucho antes de Condorcet, había dicho: “eritis sicut dii, scientes bonum et malum”, seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.

La Masonería, como la Biblia, cree que los hombres puedan llegar a ser como los dioses. Cree que si bien todo el mundo, o casi, puede llegar a mejorar, la búsqueda del conocimiento de sí mismos, de la Verdad y de la inaccesible perfección –incluso manteniendo la conciencia de esta inaccesibilidad- no está al alcance de cualquiera. Piensa que se requiere un cierto grado de inteligencia, de imaginación, de voluntad, de trabajo, - y de humanidad- para alcanzarlas. Piensa, y con ello sorprende gratamente a los no masones, que se necesita un poco de locura para intentar alcanzar lo imposible, de esa temeridad que, más allá del valor, empuja a la gente a subir al Himalaya, a ir hasta los polos o pasear sobre la superficie de la luna, incluso a atacar, como Don Quijote, a los molinos de viento.

Por eso puede afirmarse que desde que se entra en la Masonería se descubre un camino plagado de acechanzas. Antes de aceptar a un candidato, intentamos conocer si éste posee las cualidades personales correspondientes a lo descrito. Lo demás (origen social, nacionalidad, raza, religión, medios económicos, incluso nivel cultural) no cuentan en absoluto. Una cultura puede construirse siempre que estén presentes la inteligencia, el gusto por el trabajo y la voluntad. El hecho mismo de que el candidato sea uno de estos seres aventurados constituye de por sí una primera prueba, pues ¿quién se lanzaría a esta aventura si no poseyera ya el corage, la imaginación y el gusto por el riesgo necesarios? Ni todos los libros del mundo, ni todas las conferencias, cursos o reuniones a las que asistáis os podrán mostrar la vivencia real de la Masonería. Para quién lo hace, entrar en Masonería equivale a un salto a lo desconocido, un acto de valor y de voluntad. Aquellos y aquellas que se contentan con el traqueteo cotidiano, con el modelo metro-oficina-cama, con las vacaciones, los partidos de fútbol y la televisión nunca darán ese paso.

Siempre que un nuevo masón ingresa en la Orden los demás esperamos que se ocupe de su propia educación en diferentes dominios, pero sin forzarlo nunca. Pues apreciamos la iniciativa personal. Y aunque ello no se exija, se espera de él que se informe sobre las cosas, leyendo, escuchando, incluso accediendo a Internet. Los demás confiamos que aprenda, aunque sea poco. Y para aprender, ¿qué mejor entorno que la Masonería, donde se dan cita de manera igualitaria, fraternal y calurosa gentes que poseen conocimientos, experiencias vitales, sabiduría y filosofías tan ricas y tan variadas?

Los “Compagnons du métier” dicen que no enseñan nada a los aprendices, sino que son ellos quienes deben robar el saber de sus maestros. Lo cual significa que la adquisición del saber y del conocimiento debe ser resultado de una voluntad activa, de un esfuerzo en ocasiones difícil, no la adquisición pasiva y olvidadiza de una enseñanza magistral. Como las piedras preciosas que decoran el techo de la caverna de Alí Baba, las joyas del saber y del conocimeinto jalonan las sendas de la Masonería para quienes se atreven a decir “¡ábrete, Sésamo!” y saben encontrarlas y recogerlas.

¿Cómo valorar si los nuevos masones han adquirido ya la educación necesaria en cada etapa de su progreso masónico? Poniéndolos a prueba, haciéndoles preparar breves trabajos sobre temas que aún no concoen demasiado bien, a fin de animarlos a informarse, a leer, a preguntar a sus Hermanos más “aventajados”. Pidiéndoles suficientes trabajos de este tipo como condición para su paso a la etapa siguiente y atendiendo a lo que dicen en la Logia, puede que con poca habilidad al principio, pero cada vez de forma más clara, interesante y eficaz conforme van adquiriendo la debida experiencia.

En efecto, estas cuestiones tan puntuales tocan el corazón. El trabgajo en Logia, al margen su parte ritual, tradicional y cotidiana consiste en la presentación por parte de uno de sus miembros o por un visitante procedente de alguna otra Logia, de una pequeña conferencia, denominada “plancha”, dedicada a un tema preferiblemente inédito o novedoso que pueda interesar al resto de los miembros de la Logia. Ese tema puede versar, en la Gran Logia de Francia, tanto sobre simbolismo como sobre historia, sobre filosofía como sobre ciencia, sobre arte, en el sentido más extenso del término, como sobre temas tradicionales o legendarios ; eventualmente, incluso sobre temas sociales, sobre los derechos y sobre todo los deberes del hombre. Puesto que los masones tendemos a considerar que poseemos tantos deberes como derechos, si no más. Después se inicia una discusión sobre el tema, muy disciplinada y dirigida por el presidente de la Logia, al que llamamos Venerable Maestro. Nadie puede tomar la palabra si no es por riguroso turno, recibiéndola del Venerable Maestro. Sólo es posible dirigir la palabra al Venerable Maestro, que representa simbólicamente a toda la Logia. Por eso los diálogos contradictorios y las eventuales alteraciones son imposibles en Logia. Es más, nadie está autorizado a atacar ninguna idea, opinión o convicciones de otro Hermano. Todo lo más, se puede expresar el desacuerdo con éstas y expresar las propias. Finalmente, es del todo inhabitual que a un mismo Hermano se le conceda la palabra más de una vez, o dos veces a lo sumo.

Esto conlleva importantes consecuencias, muchas veces imperceptibles. Uno aprende a expresar poco a poco sus ideas de manera clara y concisa, a fin de no verse interrumpido por el Venerable Maestro por la excesiva extensión de su intervención. Se aprende a ponerse en lugar de los demás, a comprender y anticipar lo que los otros Hermanos pueden pensar y decir. Lo cual evita, ante todo y por supuesto, llegar a ver su intervención amable y educadamente demolida por el Hermano siguiente, sin posibilidad de recuperación ya que nunca se tiene la seguridad de volver a hacer uso de la palabra, pero sobre todo –y más allá de estas consideraciones puramente prácticas- permite adquirir esa sabia actitud que se llama “empatía”, una capacidad de sentir interiormente y que sobrepasa la simple comprehensión. De alguna manera, es una suerte de proceso que consiste en colocarse en el lugar del otro. La filosofía aristotélica ya había descrito admirablemente este fenómeno mucho antes de que la psicología inventara en el siglo XX la palabra para designarlo.

En consecuencia, la Logia espera de los nuevos masones planchas cada vez más ricas e interesantes, para sí y para los demás. Y las intervenciones de los Hermanos se hacen cada vez más afinadas, sin dejar de resultar amigables y fraternales. La lectura de planchas de calidad creciente es una de las varias maneras de medir el progreso incesante, la mejora de uno mismo que se espera de todos los masones.

Y llega el día en el que un Hermano ha asimilado de manera satisfactoria los conocimientos asociados a su grado y sus Hermanos á son grade et ses Fréres lo animan, o lo reclaman, para ir más alto, ya que el Rito Escocés Antiguo y Aceptado que practicamos cuenta con 33 grados. Esos grados, incluso siendo numerosos y aunque se acceda a cada uno de ellos de manera sucesiva, no constituyen una jerarquía. Se trata más bien de las pepitas de un racimo de saber y de conocimeinto, venidas de tradiciones y enseñanzas antiguas y actualmente olvidadas en el mundo exterior, a las que se accede sucesivamente después de haber probado a los Hermanos, con la presentación de un trabajo original defendido a la manera de una tesis ante la Logia reunida, un sólido conocimiento cubierto a lo largo de los grados precedentes. De este modo se progresa, según el ritmo de cada uno, hasta donde se quiera y se pueda desear.

Podría preguntarse: ”¿Se puede esperar algún beneficio de esos trabajos, de esas “planchas”? Para los que las escuchan verdaderamente, sí. Y mucho más para quienes las realizan y para quienes las discuten tras su lectura. Pues preparar una plancha es una forma de mejorarse a sí mismo. Hay que estar muy seguro de las propias ideas para poder defenderlas bien. Hay que estar seguro de las fuentes para no hacer aguas frente a una cuestión ingenua o fraternalmente rebuscada. La discusión se vuelve así cada vez más importante que la propia plancha, y hay casos de planchas “flojas” seguidas de una discusión interesante, enriquecedora y, en suma, apasionante.

Hemos analizado someramente la posible, aunque improbable, relación entre las ideas de Condorcet y lo que constituye la educación y las ideas de la Masonería, sobre los fundamentos de la educación masónica. Hay muy poca convergencia entre ambos y es bueno que así se diga.

Donde Condorcet veía una instrucción pública estandarizada e igualitaria, impuesta desde arriba, nosotros vemos una educación masónica adaptada a las posibilidades y a los deseos de aprender de cada cual. Donde el utopista Condorcet veía a la humanidad –y eventualmente a cada uno de sus miembros- capaz de alcanzar una perfección divina e incluso la vida eterna, la Masonería, algo utopista también respecto a los límites pero mucho más pragmática, ve en cada individuo – dotado del corazón, la voluntad y la inteligencia necesarias – un ser capaz de comprometerse sin esperanzas últimas con la vía de la búsqueda de una perfección que sabe inaccesible. Como cuando se le preguntaba a Sir Edmund Hillary por qué había querido escalar el Himalaya y respondía: “Porque estaba ahí”.

Donde Condorcet veía una instrucción pública abierta a todos, la educación masónica se abre a los que, en principio, manifiestan un deseo hacia ella, seguidamente cumplen unos criterios y finalmente expresan su voluntad de alcanzarla. No hay una concurrencia entre los dos ámbitos, sino un punto de convergencia o uno al menos: Condorcet decía que el trabajo y la inteligencia debían ser los únicos criterios de selección y de promoción. Quienes hoy se refieren a él para proponer una minoración de nivel y que se ofuscan ante la palabra “selección”, como si fuera obscena, deberían tenerlo en cuenta. La Masonería lo hace plenamente.

La educación masónica no supone un modelo para una política de la educación en general, pues es inaplicable fuera del marco de una Logia o de una Obediencia masónica . Lo que la Masonería propone y lleva proponiendo desde que existe es un medio de hacer mejor a la gente que se muestra capaz de ello y que así lo desea. Cualquier consecuencia, efecto o parecido con otras situaciones análogas no pueden considerarse más que debidas al azar, como suele decirse en el cine.

 
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