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Escrito por Jean-Claude Bousquet   
lunes, 24 de marzo de 2008

Se trata del hombre.

 "Mais c'est de l'homme qu'il s'agit!
Et de l'homme lui-méme,
quand donc en sera-t-il question ?
Quelqu'un au monde élévera-t-il la voix ?"

(¡Pero se trata del Hombre!
Y del hombre en sí mismo.
¿Cuándo nos lo cuestionaremos?
¿Habrá alguien en el mundo que levante su voz ?)

Algunos habrán reconocido la cita de Saint-John Perse, cuya primera frase inspiró a Jean Bernard el título de una obra de reflexión en torno a la ciencia y al hombre.

No faltará quien se pregunte si, respecto al hombre, queda todavía algo por hacer. ¿Acaso no es el hombre quien se ha situado ya en el centro de las preocupaciones de nuestras sociedades? ¿Acaso ha sido antes estudiado, mimado, adulado hasta en sus aspectos menos dignos de admiración como lo es ahora? ¿Es que no se ha proclamado ya su libertad, no se han mejorado las condiciones de su existencia, su esperanza de vida prolongada, sus derechos grabados en nuestros textos fundamentales incluso en detrimento –murmuran los censores- de unos deberes olvidados con cierta negligencia?

Sí, todo eso es verdad. Pero no lo es menos que todas esas conquistas -habidas sucesivamente sobre el mundo, sobre la materia y sobre la vida- no han tocado el problema fundamental del hombre y, por el contrario, han podido favorecer en él la aparición de una angustia sorda, la sensación de un vacío. Algo que se prolonga en un malestar general presente en nuestras sociedades y que se reviste del aspecto de una triple paradoja.

La primera se refiere al conocimiento. Nuestras escuelas, nuestros libros, nuestros medios de comunicación nos ofrecen un saber cada vez más extenso, cada vez más complejo, pero cada vez menos “estructurante”. Ese saber ha permitido al hombre del siglo XX “hacer” y “tener” en condiciones cada vez mejores. Pero en modo alguno le ha ayudado a “ser”. Esa palabra, “ser”, evoca un malestar de orden ontológico. Jean Rostand describió esta situación con una lucidez terrible: “La ciencia llegará a explicarlo todo y, sin embargo, no nos hará más sabios; hará de nosotros dioses aturdidos”. Y un dios aturdido es, sin duda, la antinomia exacta de lo que quiere y debe llegar a ser un iniciado: alguien que se contenta con su condición humana a cambio de adquirirla plenamente, de convertirse en un hombre, de construir su personalidad, de construirse a sí mismo.

Una segunda constatación resulta directamente de la anterior. Los descubrimientos científicos proporcionan respuesta a casi todas nuestras preguntas salvo a la principal: la relativa a la significación del mundo y de la vida. Los sabios del siglo XIX creyeron que sus investigaciones proveerían también esta respuesta; los del siglo XX se han convencido justo de lo contrario. Por ello nuestros contemporáneos tienen tendencia, por pereza o por angustia, a plantearse esta cuestión en términos instrumentales, atendiendo a su finalidad, para replegarse cómodamente hacia las preocupaciones de índole material. Esta actitud podría resumirse en una fórmula afortunada: todo importa salvo el Todo. La existencia no sólo precede a la esencia sino que la oculta. El malestar ontológico acabará desdoblándose por ello de un malestar metafísico.

Pero ¿no puede el hombre moderno refugiarse, al menos, en una vida social cada vez más organizada y satisfactoria? Ni siquiera eso es cierto. Una legislación previsora hasta los mínimos detalles expone a los hombres a una soledad sin precedentes, haciéndoles sentir cada día más alejados los unos de los otros, en el desierto de sus megalópolis. El hombre experimenta así que la verdadera soledad no procede siempre de la ausencia de los otros sino, más profundamente, de la ausencia de uno mismo, de la ausencia de sí mismo; que la construcción de la propia vida se sigue imponiendo como una auténtica necesidad; que la posesión de una ciencia humana merecedora de tal título no procederá nunca de un título universitario, sino, antes bien, de ese secreto amor que el mundo de hoy ha perdido.

La presencia de esta triple aporía podría desembocar en un cuestionamiento del humanismo moderno. Sin duda, éste es culpable de haber privilegiado hasta el exceso una de las dimensiones del hombre en detrimento de la insondable complejidad que entraña toda la riqueza del hecho humano. El sistema puramente racionalista que nos ha impuesto se muestra pleno de reduccionismo. El humanismo se arriesga a derivar hacia su contrario, es decir, a la negación de toda espiritualidad en beneficio de una racionalidad que va perdiendo su papel conceptual para reducirse a una habilidad práctica de orden técnico. Algunos sociólogos, críticos de la modernidad, han evocado en ese sentido la sustitución de una racionalidad de los medios por una racionalidad de los valores.

El pensamiento masónico, sin embargo, rechaza dejarse encerrar en tales oposiciones y se esfuerza siempre por superarlas y acceder a una verdad de orden superior. En concreto, la lectura del artículo primero de la Constitución de la Gran Logia de Francia permite disipar cualquier ambigüedad al respecto: “Los masones trabajan para la mejora constante de la condición humana, tanto en el plano espiritual e intelectual como en el plano del bienestar material”.

Se afirma con ello la inseparabilidad en el ámbito masónico de las nociones de espiritualidad y de humanismo. Un humanismo entendido a la luz de la espiritualidad y una espiritualidad de rostro humano: tales son las dos perspectivas a partir de las cuales este proceso puede ser contemplado y, en consecuencia, denota las dos vías que se abren a nuestra reflexión.

* * *

El humanismo masónico no tiene sentido si no es a la luz de la espiritualidad. Esta primera proposición debe ser salvada, no obstante, de una posible sospecha de tautología. Podría sostenerse, en efecto, que esta ligazón está de por sí contenida en la definición misma de humanismo. ¿Cómo ubicar los valores humanos por encima de los demás sin haberlos dotado previamente de espiritualidad? La historia reciente ha mostrado la posibilidad y los límites de un humanismo puramente materialista. Por eso conviene insistir en que la fe en el hombre que caracteriza a la Masonería descansa en exigencias de otro orden que, a través del proceso iniciático, causan un doble eco: la búsqueda de una ética y el esbozo de una metafísica.

Desde hace algunos años se detecta una tendencia a utilizar la palabra “ética” con preferencia a la de “moral”. Esta sustitución tiene varias causas, algunas de las cuales denotan cierta futilidad: buscar palabras que parezcan más cultas, utilización de un vocabulario más a la moda, etc. Pero la etimología inspira una reflexión más profunda: ética puede derivar de dos palabras griegas, cuales son ethikos y ethos . Y si la primera designa la moral, de tal suerte que a estos efectos ambos términos son sinónimos, la segunda se aplica con preferencia al carácter, a lo que constituye lo propio a cada uno, a la originalidad de cada hombre. De esta manera se establece una clara distinción entre una moral considerada como un corpus de reglas generales casi inmutables y una ética que apunta a la búsqueda que cada uno debe emprender en pos de la verdad que le es propia, y que por ello resulta susceptible de una evolución permanente.

El sociólogo Max Weber explicitó aún más esta distinción al diferenciar dos formas de ética, que denomina respectivamente “ética de la convicción” y “ética de la responsabilidad” . La primera se funda sobre el reconocimiento de una verdad irrefutable –o supuesta tal- para deducir de ella consecuencias necesarias. Es la que subyace en los procesos religiosos e ideológicos. La segunda rechaza, por el contrario, cualquier sistema preconcebido, en favor de un examen particular de las situaciones concretas para deducir la mejor solución posible en cada ocasión.

El debate que recientemente ha tenido lugar en Francia en torno a los nuevos textos relativos a la bioética ofrece un excelente ejemplo de esta doble situación. A la hora de valorar los procesos de procreación asistida que ofrece en nuestros días la medicina, hay quien se atiene a un principio intangible: la sacralidad del origen de la vida. En consecuencia, cualquier intromisión humana en este campo debe ser considerada como ilegítima, incluso aquellas técnicas que, como la inseminación artificial, resultan generalmente admitidas. Tales son los resultados de atenerse a una ética de la convicción. La ética de la responsabilidad procedería, por su parte, al análisis de cada método de reproducción, de los motivos –que pueden resultar serios o caprichosos-, de las garantías que deben asistir al recién nacido y, sobre todo, de las posibles repercusiones que todo esto puede tener sobre el genoma humano.

Hay que celebrar una evolución en las posturas, que redunda en una mayor tolerancia y abre interesantes perspectivas para una investigación científica responsable. Pero conviene tomar conciencia igualmente de los peligros que el rechazo precipitado de la ética de la convicción puede suponer para una humanidad que, así, quedaría privada de preceptos morales estables. ¿Acaso no supone esta normatividad una de las causas del desarrollo de las ciencias modernas? En efecto, la ética de la responsabilidad resulta aplicable sin restricciones al mundo de la ciencia –ya que se dirige a espíritus que se han formado precisamente en los problemas que ésta les va a plantear-, pero en lo tocante al individuo común, implica el riesgo de colocarlo ante dificultades demasiado graves. Aunque eso no implica que se deba renunciar a asumirlas: el hombre del tercer milenio tiene frente a sí un desafío y los desafíos están hechos para ser afrontados. No obstante, esos mismos individuos –todos los individuos, no sólo determinadas elites- deben estar preparados, lo mejor posible, para las nuevas responsabilidades que han de derivarse de la aplicación de esta ética concreta. Pues en el mundo que nos espera cada uno asumirá su parte de responsabilidad; como expresó de manera tan adecuada Saint-Exupéry, "cada centinela es responsable de todo el Imperio"

El simbolismo masónico descansa esencialmente sobre la noción de construcción, -construcción de un Templo interior, construcción del hombre y de su personalidad, etc.-; por eso cabe constatar con satisfacción hasta qué punto la consolidación de la ética de la responsabilidad se sitúa en la misma línea de ese objetivo. Este interés suplementario del proceso iniciático se da también en un buen número de temas derivados de esta misma idea central de la construcción. De entre ellos, tres merecerían un breve comentario: el conocimiento de sí mismo, la ascesis iniciática y la búsqueda de la unidad.

¡El conocimiento de sí! Primigenia curiosidad que atenaza al bípedo desde que su segundo cerebro comenzó a permitirle semejantes especulaciones; puede que desde el mismo momento en que el descubrimiento del espejo le incitara a mirar el fondo de sus propios ojos. Objetivo ligado, por lo demás, a las más antiguas reflexiones de la humanidad, como evidencia el origen socrático del precepto. Aunque hoy, nuestro siglo utilitarista se interesa más bien por la razón de ser, por el motivo último que anima a esta búsqueda.

Y tiene buenos motivos para hacerlo, habida cuenta de la multitud de contrasentidos posibles: observación meticulosa a la manera de un entomólogo, análisis literario de un infinitamente pequeño proustiano, examen de tipo freudiano de los trasfondos y de los bajos fondos del alma, voluptuosidad narcisista... el abanico es muy amplio. Evidentemente, la respuesta no está en nada de eso, sino más bien de todo lo contrario. Narciso se ve arrebatado por una imagen, víctima de una ilusión, mientras que el conocimiento de sí que ahora nos interesa consiste en un trascender las apariencias para alcanzar lo esencial. Mauriac hace decir a uno de sus personajes más odiosos: “El aspecto de los demás se me ofrece siempre como aquello que hay que vencer, como lo que hay que atravesar para entenderlos”. Lo mismo se podría decir de la larga y difícil búsqueda de sí mismo que obliga a traspasar la propia apariencia, a descartar los elementos artificiales que disimulan la verdad interior.

En el simbolismo masónico se hace referencia con frecuencia a la necesidad de abandonar los metales. Esta acción simbólica se suele interpretar en función de los metales preciosos. Desprenderse del oro, la plata, de las riquezas materiales permite contener la avidez y la ambición para obtener una mejor disposición. Este ideal es ciertamente importante, sobre todo en un periodo tan propicio a los excesos como el presente; pero no es un precepto específicamente iniciático y se da, por ejemplo, en cualquier asociación caritativa. Lo que queda velado con mayor profundidad bajo el brillo de los metales es una forma de malversación, de esparcimiento en el sentido pascaliano del término. En medio del marasmo que compone la vida, entre ambiciones de todo tipo, ante los proyectos que con frecuencia no llegan a su fin –con su carga de decepción- o que sí llegan a su fin –lo que puede resultar incluso más decepcionante- hay que saber escoger lo que es verdaderamente esencial.

Un personaje de Fort-Saganne describe sus primeras impresiones sobre el desierto: “aquí, no es suficiente con endurecerse, también hay que simplificarse”. Esta fórmula sí es iniciática. Y va al encuentro de otro simbolismo igualmente reconocido por su alto contenido iniciático: el de los viajes, esos viajes que a través de una multitud de pruebas permiten al hombre hallarse a sí mismo en todos los sentidos del término. ¿Cuántas ilusiones, sueños, apariencias dejó Ulises en el camino al pisar las tierras de Ítaca?

Señalemos de paso que a través de esa imagen del abandono de los metales se llega de nuevo a la distinción entre la moral y la ética. Desde el punto de vista moral la cuestión se refiere al precepto del desinterés, de la generosidad, de la dación de sí. Desde el punto de vista de la ética, este abandono se convierte en búsqueda de lo esencial por cada uno, de las bases sobre las que debe construir su vida.

Viene entonces a la mente, de manera natural, la palabra ascesis. Un término ciertamente muy adecuado, pues existe efectivamente una ascesis iniciática. Aunque hay que distinguirla de otras formas de ascesis, sobre todo de las que se dan en el ámbito religioso, que tienen otra significación. No se trataría aquí de asumir sacrificios ni privaciones que permitieran al hombre convertirse en algo diferente a "lo que es" sino, muy al contrario, de un esfuerzo para ser él mismo, para convertirse en "lo que se es" . Se podría traer aquí la célebre expresión de Epicteto: “Llevas un dios en ti, y lo ignoras”; pero cambiando una palabra: “Llevas un hombre en ti” y añadiendo: “es este hombre lo que conviene encontrar a través de los tumultos y los malentendidos de la existencia. Ese encaminarse hacia el ser que constituye la mejor respuesta al malestar ontológico”.

La vida nos impone a cada uno un personaje que debemos representar, de mejor o peor grado. Ese papel puede ser brillante o deslucido, importante o secundario y corresponderse más o menos con las aspiraciones de cada uno; pero no deja de ser un papel. Esto se traduce con frecuencia en la impresión de una pérdida de autenticidad, incluso de identidad, que en sus aspectos patológicos más graves lleva a la esquizofrenia. Así, por ejemplo, muchos sociólogos explican la crisis de la modernidad por una reducción del hombre a una función económica en la que no encuentra sus otras dimensiones.

Interesa, en este punto del razonamiento, reflexionar durante algunos instantes sobre la singularidad de la palabra “persona”. En el teatro romano, “persona” designaba la máscara que servía para difuminar la presencia física del actor cuyo papel se juzgaba embarazoso de interpretar. La abstracción del papel conducía así hacia el hombre real. En ese sentido se puede sostener que la acepción negativa de la palabra persona, que sugiere un vacío, una ausencia, es la más fiel a la etimología: detrás de la máscara no hay nadie.

El proceso que sigue el iniciado debe situarse en el polo opuesto de todo eso: encontrar al ser que se halla detrás del actor, hacer caer la máscara, matar a un personaje ficticio, a un yo superficial. Tras esta muerte ritual, el hombre, liberado de la ganga de los metales, purificado del maquillaje de las apariencias, se reconoce finalmente tal y como es.

Carl Jung, en el lenguaje particular de los filósofos, describe un proceso muy similar: el paso del yo al sí, de las tensiones separatistas del ego al reconocimiento de lo que, en cada hombre, hace aflorar la humanidad. Pero esta búsqueda de la unidad, esta búsqueda –igualmente iniciática- del centro, ¿no entra en contradicción con una ética de la responsabilidad precedentemente definida como una búsqueda individual? De ningún modo, al menos si seguimos hasta el final el razonamiento de Jung que muestra cómo, al tomar conciencia de esos puntos o señales que él denomina arquetipos, la armonía acaba surgiendo del caos.

Puede que se deba preguntar a los poetas cuál es el mensaje primordial que se debe extraer a este respecto. Entre la expresión poética y el proceso iniciático simbólico existe un parentesco indiscutible. Ambos tienden a la aprehensión directa e instantánea de los fenómenos sin pasar por las sucesivas etapas de un razonamiento que segmenta y deseca el pensamiento. No es otra cosa la que apunta Bachelard cuando ve en la poesía “el principio de una simultaneidad esencial donde el ser, en su mayor dispersión, reconquista su unidad”.

Tras este periplo alrededor de algunos temas fundamentales podría afirmarse que el proceso iniciático viene a restaurar la unidad entre una moral natural, cuya existencia no se puede recusar, y la necesidad de buscar una verdad propia a cada uno. Es el reencuentro de dos raíces griegas, éthikos y ethos , posible cuando la persona se ha desprendido de su máscara, cuando el hombre alcanza a ser lo que es.

Sin embargo, el ideal de construcción del hombre obliga a plantearse una nueva cuestión: ¿es razonable abrir una cantera y comenzar a construir sin haber concebido previamente un plan? De una manera más general: ¿acaso cualquier búsqueda no supone la determinación previa de una dirección, de un sentido? Este punto centra con la mayor frecuencia los reproches dirigidos contra nuestra época. Son muchos quienes afirman que el hombre moderno ha perdido el sentido del deber, el sentido del esfuerzo, el sentido de la responsabilidad, y hasta el sentido de la belleza. Siendo todo eso verdad, ¿no resultará más sencillo decir que, en resumen, ha perdido “el sentido del sentido”?

Pero lo que verdaderamente constituye para los masones una cuestión crucial es que la evolución de esta filosofía moderna descansa enteramente sobre la idea de progreso. Aunque, ¿qué pude significar esa palabra sin la determinación previa de un sentido? El progreso sin sentido es el superlativo que no existiría; sería la persecución de lo mejor aún ignorando el bien, no saber lo que se quiere pero quererlo a toda costa.

Por eso la iniciación masónica, sin poner de manifiesto ninguna ideología ni doctrina alguna, postula una mínima creencia sin la cual todo el proceso quedaría sin objeto: la creencia en la significación, en la no-absurdidad del mundo y de la vida.

Observemos cómo San Juan, en el prólogo de su Evangelio, ofrece una presentación idéntica. “Al principio era el logos” indica que la única vía de la que dispone el hombre para acceder a la verdad consiste en tomar conciencia de un orden, de una lógica y, en consecuencia, de una finalidad del mundo visible, para obtener a partir de eso las deducciones que parecen imponerse. Al añadir que el logos está cerca de Dios, Juan muestra un posible proceso para pasar del orden lógico de las cosas al principio creador de dicho orden.

A estos principios corresponde el símbolo fundamental del Gran Arquitecto del Universo. Símbolo doble, podría afirmarse. Porque se trata de un arquitecto, portador de un plan, representación del sentido del mundo. Pero sólo de un arquitecto, principio creador pero no dios revelado que, dentro de una perspectiva deísta y no teísta, simboliza simultáneamente la libertad que a cada uno le corresponde de hallar el sentido de la propia vida, en función de sus opiniones y de su experiencia, sin ninguna sugestión o compromiso.

Apoyado en este simbolismo, el proceso iniciático ofrece una posición de equilibrio. A la tentación de no-ser que emana de la dispersión en las preocupaciones de índole material, opone una ética de la construcción del hombre. A la tentación del no-sentido responde con una metafísica de la libre búsqueda espiritual. Ante la posible deriva hacia el materialismo reductor, proclama la existencia de un principio creador y a través suyo, de una trascendencia. Y para preservar al hombre de la deriva inversa de un dogmatismo opresor, formula ese principio a través de un símbolo, de un arquitecto garante de la libertad y de la dignidad del hombre.
Aquí se encuentra la cara humana de esa espiritualidad, lo que nos lleva a plantear el segundo punto de la reflexión inicialmente sugerida.

El texto de la Constitución de la Gran Logia de Francia anteriormente citado pone en evidencia el rechazo de un pensamiento puramente dualista que, al oponer dos principios y dos modos de vida, acabará por quitar toda consistencia a la existencia terrestre. Los poetas –con los que no se tiene por qué estar en permanente acuerdo- han desarrollado con frecuencia esa tesis afirmando, por ejemplo, como Rimbaud, que “la verdadera vida está ausente” o como Breton, que “la verdadera vida está en otra parte”. Para el masón es aquí y ahora donde el combate debe ser librado, sin prejuzgar todo lo demás.

Este cuidado para evitar cerrazones artificiales, para no aislar ni rebajar las preocupaciones terrestres y humanas, ha tenido dos consecuencias de importancia: una profunda ligazón a la defensa de los derechos del hombre y el gusto por la fraternidad, cuya significación convendría precisar.

Nadie ignora el papel histórico jugado por la Masonería en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es interesante constatar a este respecto la manifestación de un principio que ha guiado constantemente la actitud de la Gran Logia de Francia; ese principio descansa en la distinción entre el debate político propiamente dicho –en el que esta Obediencia se prohibió expresamente participar- y el respeto debido a la dignidad del hombre, que debe inspirar una vigilancia permanente y suscitar en caso necesario la toma de una posición enérgica.

Sócrates, en una respuesta a Calicles, había planteado ya las bases de esta distinción: “Cuando rechazamos implicarnos en la contienda oratoria política cotidiana, algunos atenienses nos aprestamos a practicar el verdadero arte político”.

La actual situación permite plantear el problema en términos idénticos. Muchos se preguntan, en efecto, sobre el futuro de los Derechos del Hombre y una posible evolución de los mismos, que podría resultar oportuno favorecer. Esos derechos han sido concebidos, en el marco de un periodo revolucionario, como una reacción frente a la omnipotencia del poder y como una afirmación del individuo frente al Estado. Esta concepción evolucionará en breve, pero siempre conservará la idea de la neutralidad del Estado. Los derechos se convierten en prerrogativas abstractas que cada individuo debe concretar a su arbitrio y en función de sus propias facultades. El único papel reservado al Estado es el de asegurar esta posibilidad, no el de intervenir en la realización efectiva de los derechos. En nuestros días, la gravedad alcanzada por ciertos problemas, sobre todo el desempleo, invita a pensar que ese papel no es suficiente y que la protección de los Derechos Humanos exige de una actuación más directa.

Esa inquietud está evidentemente relacionada con la fraternidad. Pero tenemos aquí otra palabra susceptible de interpretaciones diversas y con frecuencia erróneas. Contrariamente a lo que algunos creen, la fraternidad masónica no es la de un grupo cerrado. Al contrario, es la exigencia de una proyección, de una expansión a la humanidad entera.

Esta concepción de la fraternidad no es ajena al concepto de conocimiento de sí aludido anteriormente. Conocerse es también amarse, sin complacencias y con el rechazo a cualquier propensión al egocentrismo y al narcisismo; pero con el esfuerzo para comprender mejor la naturaleza humana, de tal suerte que ese conocimiento de sí conduzca naturalmente a conocer y amar al otro, “mi semejante, mi hermano”. Como lo describe soberbiamente Michel Barat, parafraseando el célebre aserto: “Pienso, luego existes”.

Esta apertura a lo humano permite una mejor comprensión de aquello que distingue la masonería del fenómeno sectario, del que tanto se habla para denunciar su acción, con frecuencia perniciosa. Un observador superficial podría discernir algunos puntos en común: deseo de emparentarse con una tradición, con unos mitos fundacionales, con frecuencia muy hipotéticos en el caso de las sectas; práctica de ritos que no son sino pálidas imitaciones, etc. Todo eso puede llevar a confusión. Pero existe una diferencia fundamental que permite disiparla en todos los casos. La mayoría de las sectas tienen como preocupación mayor y más inmediata la separación del nuevo adepto de su entorno más cercano: de su familia si se trata de una persona joven, de su pareja si se trata de un adulto y a menos que tal pareja se adhiera igualmente al grupo. Luego, su filosofía invitará a una ruptura con la sociedad, a partir del tema del advenimiento del fin del mundo provocado por los propios errores de una humanidad de la que, por ello, conviene distinguirse. El mismo término de secta sugiere ya esa ruptura. La iniciación masónica tiende, por el contrario, a mejorar las relaciones del hombre con su medio: la obra que comienza en el Templo debe continuarse fuera de él.

Por la misma razón la fraternidad masónica no puede ser reducida a una especie de elitismo. El masón no pretende ser mejor que los demás; se esfuerza sólo por ser mejor que sí mismo. Podría quizás concebirse un sincero elitismo, pero desde luego no el que emana del título universitario o de la posición social. La auténtica universalidad está basada en la diversidad.

Jean-Claude Bousquet.

Conferencia pronunciada en el Círculo Condorcet-Brossolette.
Jean-Claude Bousquet es abogado, Doctor en Derecho y profesor universitario.
Ha sido Gran Maestre de la Gran Logia de Francia en dos ocasiones.

 
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