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La hermenéutica y la exégesis tradicionales han puesto siempre de relieve que la Biblia recoge la historia y las leyendas gestadoras de lo que luego ha pasado a identificarse como cultura judía, situándola en el amplio contexto socio-cultural de las civilizaciones más antiguas de su área geográfica, del que obviamente formaba parte. En ese sentido destaca, dentro de la bibliografía más reciente, el trabajo de investigación de los profesores judíos Finkelstein y Silberman (“David and Solomon…”, aún no traducido al castellano (*), poniendo de relieve los resultados puntuales de una pluralidad de análisis y contrastes arqueológicos y filológicos, realizados en Israel y Palestina, que contradicen la imagen consagrada por seculares y persistentes afirmaciones dogmáticas en torno a personajes y hechos, supuestos o reales, evidentemente desfigurados por narraciones descriptivas que fueron plasmadas por escrito muchos siglos más tarde. Pues bien, la Masonería simboliza como “libros sagrados”, con independencia de la exactitud de sus correspondencias históricas, no sólo la Biblia, sino el Avesta, el Tripitaka, el Tao-Te-King, los Vedas, el Corán y otros que recopilan y conservan un conjunto de tradiciones que apuntan hacia lo trascendente, hacia lo que los hombres, de todas las latitudes y en todo tiempo, hemos considerado que trasciende nuestra limitada capacidad de captación directa o inmediata, pero intuímos o “sentimos” íntimamente como esencial y permanente tras todas las apariencias. Ese mismo sentimiento innato ha sido siempre, y continuará siendo, fuente de la investigación científica, de una parte, y de la especulación metafísica, de otra. Lo natural era que en la Europa de los siglos XVII y XVIII, en los que las viejas tradiciones de los masones constructores de edificios dieron paso a la aparición e institucionalización de una masonería filosófica, se respetara el importante papel de referencia que las escrituras “sagradas” habían representado, en el sentido apuntado, a lo largo de siglos de gestación de una cultura occidental de la que la Masonería es legataria y sintetizadora. Ese impulso en búsqueda de lo “esencial” hace también sagradas otras manifestaciones del pensamiento y de la acción igualmente integrantes del patrimonio espiritual de la humanidad, sea cual sea su ubicación planetaria. Lo esencial subyace en todos los simbolismos y solo los símbolos son capaces de contener y transferir esa riqueza a través del tiempo, poniéndola a disposición de las sucesivas generaciones y de su progresiva evolución interpretadora de lo trascendente. El de la construcción es el oficio cuyo proceso toma la Masonería como referencia simbólica fundamental para la construcción espiritual del hombre. La aspiración realizadora de los constructores se identificaba con un proceso iniciático. Las funciones de los utensilios empleados tradicionalmente en la construcción se analizan como aspectos de la capacidad humana de tratamiento de lo que percibe… La Masonería propone una metodología iniciática de construcción espiritual a partir del perfeccionamiento del ego individual, teniendo la mejora de la especie humana como meta final. |  Planta del Templo de Salomon | El Templo de Salomón es la edificación o construcción más relevante a la que se refiere la Biblia. En los libros bíblicos de las Crónicas y de los Reyes aparecen detalladas las características del templo que Salomón, rey de Israel, mandó construir con importantes ayudas exteriores y mediante una concienciación específica por parte de cuantos colaboraron en el empeño. Pero las investigaciones contemporáneas ponen de relieve que los libros integradores de la Biblia fueron escritos a partir del siglo VI antes de nuestra era y que Salomón vivió en el siglo X anterior a ella, por lo que la Biblia recoge, en este caso y en muchos otros, algunas de las versiones legendarias de datos transmitidos oralmente, como ocurre con todas las tradiciones que llegan a fijarse escrituralmente en un momento dado. | La Masonería continúa tomando como modelo referencial simbólico ese templo emblemático en el ámbito de la cultura judeo-cristiana, y no otros mejor conocidos, precisamente porque el método simbolista desprecia por naturaleza los dogmatismos limitadores de los posibles contenidos simbólicos de cualquier realidad, a diferencia de lo que ocurre con las religiones positivas. Son los mitos y las leyendas los que auténticamente recogen determinadas “verdades” humanas constantes que se hallan más allá de lo circunstancial o anecdótico, en cada caso, lugar y tiempo. La ignorancia de lo que es y de lo que persigue la Masonería ha podido dar lugar a que, en países poco familiarizados con el lenguaje bíblico, como ha sido el nuestro, las frecuentes alusiones a los arquetipos de pensamiento que empleamos los masones, utilizando diversos símbolos del Antiguo Testamento, paradójicamente nos hayan hecho aparecer como “judaizantes” en un medio social de tradición cristiana, pero afectado por severos condicionamientos históricos negativos respecto al exótico judaísmo “deicida”. Por otra parte, a partir del siglo XIX, algunos judíos liberales (no ortodoxos) vieron en las propuestas humanistas y humanitarias de la Orden Francmasónica una primera oferta de integración de todos los hombres en un cuerpo social, no religioso ni político, en el que sólo cuenta la persona como tal, en virtud de sus propios valores y de su propósito de colaborar en la construcción del templo universal humano. Lamentablemente, ni siquiera todos los masones europeos del siglo XIX habían logrado aún desvincularse de prejuicios propios de su condición de miembros de una sociedad en la que el cristianismo (católico y protestante) había identificado a los judíos como asesinos del Hombre-Dios. En las logias masónicas alemanas no se admitieron candidatos judíos hasta muy entrado el siglo XIX, temiendo que la presencia de estos pudiese perjudicar la imagen social de la Orden. Afortunadamente no ocurrió lo mismo en Francia, Inglaterra e Italia, donde la más avanzada laicidad filosófica de las logias permitió la integración de miembros judíos sin necesidad de conversión. Se producía así un fenómeno social nuevo que no podía pasar inadvertido para los antimasones tradicionales. Por otra parte, a mediados del siglo XIX, algunos grupos de judíos norteamericanos crearon las mutuas Benai Brith con el fin de recabar ayuda para sus correligionarios de los países eslavos y africanos. El funcionamiento interno y la terminología usada en las reuniones de aquellos mutualistas imitaban deliberadamente los de las logias masónicas, aunque no tenían relación alguna con ellas, ni se identificaban en absoluto con la Masonería. La expansión de esta forma de mutualismo judío en varios países dio pie a las especulaciones interesadas y a la difusión del mito del “contubernio”, en diferentes versiones. La más conocida, alentada por la extrema derecha internacional, especialmente entre 1919 y 1945, fue la contenida en el libelo titulado “Protocolos de los Sabios de Sión”, cuya naturaleza espuria he comentado con más detenimiento en mi libro “Respuesta masónica”. Por todo ello, se equivocaría quien atribuyese a la Masonería Universal determinados apriorismos en momentos de encrucijada histórica, como el actual, en que se tiende a unificar confusamente lo judío con lo israelita, lo semita y el sionismo (cada uno de esos términos alude a conceptos claramente diferenciales entre sí (**). Los masones, amantes buscadores de la Verdad, respetamos los simbólicos legados culturales judío y musulmán como elementos fertilizadores de la cultura occidental y asistimos, entristecidos, al lamentable espectáculo de odio, muerte y desolación que aflige a pueblos que, como el palestino y el israelí, son herederos directos de sabias enseñanzas que veneramos. * “David and Solomon. In search of the Bible’s sacred Kings and Roots of the Western Tradition”, Israel Finkelstein y Neil A.Silberman. The Free Press, New York, 2006. ** La hipersensibilidad de algunos ha conducido al extremismo de aplicar el término “semita”, que describe una etnia, a quienes, con o sin religión, participan y se integran en la cultura tradicional judía, aún no siendo semitas. La mayoría de los judios mundiales no son semitas, ya que sus antepasados más numerosos procedían del antiguo reino de los kázaros, en el sur de la actual Rusia, convertido al judaísmo, por conveniencia política, en torno al siglo VIII de nuestra era. De allí emigraron en masa hacia el Oeste, asentándose en Europa central: son los judíos azkenazis. Los judíos de las antiguas diásporas, repartidos principalmente en torno al Mediterráneo, los genéricamente llamados sefardíes o hispanos, sí tuvieron raíces étnicas semitas, como los árabes. El sionismo es una postura política de expansión y predominio ambiciosos, no compartida ni por todos los judíos, ni por todos los israelitas. Ni que decir tiene, que los masones condenamos la violencia y la intolerancia en todas sus formas y que son muchísimos los masones que, a nivel mundial, han dado lo mejor de sí mismos como ciudadanos en contra de la violencia de Estado.
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