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Escrito por Amando Hurtado   
jueves, 20 de marzo de 2008

La música representa una forma específica del lenguaje esotérico, expresando, mediante la ordenación del sonido, aspectos de la armonía universal a la que apuntan los rituales masónicos.

En una composición musical desprovista de finalidad o función específica, el autor concibe y ordena sus diferentes partes guiado por determinadas referencias, elegidas por él, en torno a las que va trabajar libremente según el efecto que desee producir. La música destinada a un ritual (sea cual sea su liturgia) pierde parte de su independencia estética en aras de la función que ha de cumplir. Debe tener un valor significante o simbolizante. Las variaciones que se observan en la música clásica, mediante las cuales el compositor altera el tema central, enriqueciéndolo o alterando su ritmo, dan a cada variación un carácter propio. La música litúrgica utiliza esas variaciones como entidades independientes para realzar momentos rituales concretos. Es importante señalar que, en los momentos rituales de silencio, la música misma pasa a convertirse en lenguaje ritual. Lejos de “rellenar” un espacio vacío, lo que hace es enlazar simbólicamente dos secuencias. En otros casos subraya el valor de los silencios, de acuerdo con la intención ritual de los mismos. El Silencio tiene, en masonería, un significado simbólico que ninguna clase de música puede sustituir.

Aunque la inserción de la música instrumental en los rituales es relativamente reciente, la relación entre música y masonería se establece desde el primer momento. Las Constituciones fundacionales de 1723 contienen cuatro cantos: el del Aprendiz, el del Compañero, el de los Vigilantes (ayudantes del Venerable Maestro) y el del Venerable Maestro que preside la Logia.

Según los autores especializados (como Gerard Gefen), el primer Canto, a una sóla voz, se basaba en una composición irlandesa para la que Mathew Birkhead, actor y cantante del Royal Theater de Drury Lane, escribió el texto. Del segundo Canto, el del Compañero, sólo se conoce el texto, escrito por Charles Delafaye, en el que alternan el Compañero solista y el coro formado por los restantes. Por haberse perdido la partitura musical original, fueron compuestas varias otras posteriormente, de las que destaca la versión debida a John F. Lampe (compositor operístico muy reconocido en su tiempo) y Richard Leveridge (notable cantante y autor de letras). El Canto de los Vigilantes y el del Venerable se presentan como diálogos entre una voz y otras dos a coro, con una extensión considerable. El registro y la escritura musical señalan que se compusieron para acompañamiento con viola de gamba, sin ser conocido el autor de la partitura.

En la segunda edición de las Constituciones, la de 1738, se redujo la extensión de los cantos de los Vigilantes y del Venerable y se introdujeron otros. Pero fué una nueva formación masónica, creada en 1751, la Gran Logia de los Antiguos Masones, la que introdujo un mayor número de cantos rituales. En el Ahiman Rezon de Lawrenz Dermott (Constitución de aquel nuevo cuerpo masónico, publicada en 1756), se cuentan en torno a cuarenta cantos diferentes acomodados a partituras preexistentes, como la del Rule Britannia, perteneciente a la ópera cómica “Alfred”, de Thomas Arne, compuesta en 1745.

Se sabe poco sobre la instrumentación utilizada en las interpretaciones musicales de las antiguas logias inglesas, ya que todo lo referente al desarrollo de los rituales se mantenía en secreto. Los cantos se producían en parte durante las reuniones o tenidas, pero sobre todo durante los ágapes que obligatoriamente seguían a cada tenida, en los que las libaciones o brindis se subrayaban musicalmente. Parece probable que fueran violas, violines e instrumentos de madera los más utilizados, entre otras razones porque los primeros lugares de reunión fueron las taverns (hosterías) londinenses (como “La Oca y la Parrilla”) que solían contar con apartados de dimensiones reducidas, puestos a disposición de asociaciones, de juristas, de periodistas e incluso de los consejos parroquiales, que los alquilaban por horas en días determinados. Precisamente en el lugar ocupado por “La Oca y la Parrilla” había existido, antes del gran incendio de Londres (1666), una tavern musical cuyo emblema mostraba un cisne y una lira que el dueño del nuevo local convirtió en oca y parrilla, respectivamente.

Las reuniones de músicos en aquellas taverns o en las llamadas music-houses (que eran igualmente taverns especializadas) fueron habituales a finales del siglo XVII. En “La Corona y el Ancla” se fundó la Academy of Ancient Music, en 1710. Entre otros fundadores se hallaba Maurice Green, organista de la capilla real de Westminster, director de música de la casa real inglesa y masón ilustre. En “La Cabeza de la Reina” se fundó la sociedad musical masónica Philo-musicae, de la que fué nombrado director perpetuo Francesco X. Geminiani, discípulo de Corelli y de Scarlatti, compositor y profesor de violín en Londres, desde 1714. Cabe destacar que Geminiani accedió a la maestría masónica en el seno de la Logia Philo-musicae, en 1725, siendo ésta una importante referencia respecto a la datación de la existencia del Tercer Grado en la Gran Logia de Londres, que hasta esas fechas sólo había impartido dos grados masónicos.

La construcción de un primer edificio destinado a ser sede de la Gran Logia de Inglaterra (de los andersonianos), en Great Queen Street, inaugurado en 1776, facilitó un espléndido marco a los conciertos que, desde aquella fecha y sin interrupción, se celebraron con carácter benéfico y a mayor gloria del arte musical. Juan Christian Bach, hijo menor del gran Juan Sebatian, participó en el concierto inaugural del Freemason’s Hall y fué iniciado en la Logia londinense “Las Nueve Musas” en 1778, pocas semanas después de haberlo sido su gran amigo Carlos Federico Abel, tambien excelente compositor de la época.

Un rasgo poco comentado de la personalidad de otro notable personaje del siglo XVIII es la calidad de músico masón de Federico el Grande de Prusia, que ingresó en la Orden en 1739, a escondidas de su padre (Federico Guillermo I), cuando tenía veintisiete años. Federico estudió composición desde los siete y mantuvo una capilla de diecisiete músicos en su castillo de Rheinsberg durante su época de príncipe heredero, organizando después, como rey de Prusia y hasta su muerte en Potsdam, una media de cinco conciertos por semana. Él mismo participaba en ellos como solista de flauta, instrumento para el que realizó varias composiciones concertísticas, además de ciento veinte sonatas, varias sinfonías y algunos libretos de ópera, según refiere G. Gefen, citando a Johann Benda, que fué músico de Federico el Grande. Tras su iniciación masónica, favoreció siempre este soberano a la Orden alentando la creación de nuevas logias. Bajo su protección, fundó el margrave Federico de Beyreuth, tambien masón, la ópera barroca que tanta importancia había de alcanzar en la historia musical de Alemania.

La música de las logias alemanas, desde la segunda parte del XVIII hasta el primer tercio del XIX, conoce un gran esplendor, ya que importantes filósofos y poetas de aquel tiempo colaboraban con grandes músicos en la composición de textos. Lessing, Fichte, Herder, Bürger, Schlegel, Moises Mendelssohn (padre del músico), Richter y Goethe, así como Heine y Rückert, todos ellos masones, contribuyeron notablemente al desarrollo del Lied alemán. El Hermano Friedrich Reichardt creó en Berlin, en 1783, los Conciertos Espirituales, componiendo diversas obras musicales con libreto de Goethe. El Hermano Carl Friedrich Zelter, compositor de música coral y maestro de Félix Mendelssohn estimuló a éste en el estudio y reactivación de la inmensa obra de Juan Sebastian Bach y organizó la celebración de su centenario, dirigiendo Mendelssohn la Pasión según San Mateo, en 1829, con este motivo. La lista sería interminable y me limitaré a citar al gran compositor de Lieder Carl Loewe, a Joseph Türk, a Hummel y a Christof Kayser, notables músicos miembros de logias alemanas.

Capítulo aparte merecerían, naturalmente, los compositores masones austríacos Wolfgang Amadeus Mozart y Joseph Haydn.

Wolfang Amadeus fué iniciado en la vienesa Logia de la Beneficencia, en 1784, cuando contaba veintisiete años, tres meses antes de constituirse la Gran Logia de Austria. La Masonería austríaca se había desarrollado recientemente, favorecida por el emperador José II, aunque la primera logia datara de 1742 y fuera creada con el apoyo del conde Schaffgotsch, que era tambien arzobispo de Breslau. La bula de excomunión promulgada por Clemente XII en 1738 no fué sancionada por la emperatriz MariaTeresa. Su marido, el duque Francisco de Lorena, había sido iniciado en La Haya, en 1731 , con la participación del mismo Teófilo Desaguliers, uno de los más destacados padres fundadores de la Francmasonería. Sin embargo, aquella piadosa dama mantuvo siempre respecto a la Orden, cuyos fines no comprendía, una actitud tan recelosa como la que observó respecto a las ambiciones políticas papales. José II, que nunca fué iniciado, simpatizaba con los masones por representar éstos un componente social independiente e insumiso al poder eclesiástico.

La logia de Mozart había surgido como filial de una de las más ilustres de Viena: “La Verdadera Concordia”, presidida desde 1782 por el notable químico y ex jesuíta Ignacio von Born. José II decretó la fusión, y reducción a tres, de las siete logias existentes en la capital del imperio (que entoces sólo contaba con unos doscientos mil habitantes), por lo que Mozart pasó a ser miembro de “La Nueva Esperanza Coronada”. Todos los datos conservados señalan que el hermano Wolfgang fué un masón entusiasta, activo participante en los trabajos de logia. En “La Beneficencia” estableció entrañables relaciones de fraternidad con relevantes personalidades del mundo musical vienés de aquellos momentos, como el compositor checo Adam Mitscha, el libretista Lorenzo Haschka, el violinista José Blaske o el armonista Röllig y, sobre todo, con Anton Stadler , Pablo Wranitzky y Juan Jorge Metzler ( conocido como Giesecke). Este último afirmaba haber sido el verdadero autor de la mayor parte del texto de La Flauta Mágica, de la que Schikaneder sólo habría escrito los papeles de Papageno y Papagena, según señala Gerard Gefen en su interesante estudio “Los músicos y la Francmasonería”.

Mozart compuso diez partituras especialmente destinadas a las logias, aparte de varias más con la misma inspiración, entre las que se incluye La Flauta Mágica. Las diez primeras fueron:

El Lied (K-468) en si bemol mayor para tenor y piano Gesellenreise (Viaje del Compañero) .

Die Maurerfreude (La alegría del masón, K-471), en mi bemol mayor, para tenor y coro masculino, con texto del sacerdote masón Franz Petran.

El Quatuor (K-478) en sol menor.

La Sonata (K-481), para piano y violín, en mi bemol mayor.

Los Adagios K-410 y K-411, en fa mayor y si bemol, respectivamente.

Los dos himnos para tenor y coro masculino Zerfliesset heute, geliebte Brüder (Elevad vuestras voces, amados Hermanos) en si bemol mayor, y Ihr, unser neuen Leiter ( A tí, nuestro nuevo director), en fa mayor (K-483 y K-484), compuestos para la reunion o tenida inaugural de La Nueva Esperanza Coronada, en 1786.

La Música Fúnebre es el K-477 y constituye una de las obras masónicas más representativas de la espiritualidad mozartiana.

La Kleine Cantata (Pequeña Cantata masónica) de 1791, K-623, en do mayor, es la última composición acabada por el maestro, destinada a la inauguración del nuevo local de su logia, poco antes de caer fatalmente enfermo. Lleva anexo un coro para voces masculinas (K-623 a), interpretable durante la Cadena de Unión (estrechamiento de manos formando círculo, al final de las reuniones masónicas).

Inacabadas, pueden citarse las K-484 a, b, c, d y e. Existen referencias de varias otras obras masónicas de Mozart, lamentablemente perdidas, y se conservan algunas de la misma inspiración, aunque no destinadas a las logias, como la K-619, tambien de 1791, o la O heiliges Band (K-148), compuesta cuando el autor aún no había sido iniciado, como fué tambien el caso de la K-429 (Dir, Seele des Weltalls). Sobre La Flauta Mágica (K-620) se ha escrito y hablado tanto y por tantos expertos que no me parece, querida Carmina, que pueda yo aportarte nada en particular. Según los exégetas, la obra refleja la Iniciación partiendo de la purificación a través de los cuatro elementos simbólicos: tierra, aire, agua y fuego, con arreglo a la tradición iniciática clásica. Pero, sobre todo, se trata de un Singspiel, a la vez popular y magistral, que parece poder calificarse de predecesor de las primeras comedias musicales, en el que Mozart incluyó importantes reflexiones sobre algunos de los arquetipos del pensamiento masónico (búsqueda de la Verdad, fuerza del Amor universal, etc.).

Poco después de su propia Iniciación masónica, Wolfgang estimuló las candidaturas de su padre, Leopoldo Mozart y de su íntimo amigo, José Haydn, que ingresaron en la Orden en 1785. Haydn lo hizo en “La Verdadera Concordia”, de Viena. Los libretos de La Creación y Las Estaciones los compuso su amigo y hermano, el belga barón van Swieten, tambien protector de Mozart.

 
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