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La gran revancha, o la deformación aviesa de la memoria histórica de la Fundación Sierra Pambley. Pedro Álvarez Lázaro Publicado el 21 de enero de 2007 en El Diario de León Su Santidad León XIII, remedando a un autor clásico, escribía en cierta ocasión: «Es necesario esforzarse enérgicamente para refutar las mentiras y falsedades recurriendo a las fuentes. Sobre todo es necesario tener presente que la primera ley de la Historia es no atreverse a mentir; y la segunda atreverse a decir la verdad». En la España actual existen ciertos publicistas que pisotean con la mayor impunidad estas dos leyes historiográficas fundamentales enunciadas por el Papa hace algo más de un siglo, teniendo la osadía de acudir a las fuentes documentales para distorsionarlas y extraer de ellas versiones ciertamente torticeras de la Historia. A esta manipulación imperdonable no se recatan en añadir juicios peregrinos cuando hablan o escriben sobre instituciones o personas, rayando irremisiblemente en la difamación más deplorable. Tal es el caso de un libro de divulgación de Durán y Dávila recientemente publicado, de cuyo título no quiero acordarme. El libelo en cuestión contiene tal sinnúmero de acusaciones aviesas e infundadas contra el Presidente de Gobierno y contra la intachable Fundación Sierra Pambley que podrían ser objeto de los tribunales de la justicia. Es cierto que en su conjunto no merece sino el olvido, pero alguna vez hay que atreverse a denunciar a los tramposos y poner las cosas en su sitio. En mi calidad de profesor universitario de Historia de la Educación y de investigador en Historia de la Masonería, especialidades a las que he dedicado casi treinta años ininterrumpidos de trabajo y decenas de publicaciones científicas, deberes exclusivamente académicos y morales me impulsan a ocuparme hoy de su capítulo segundo en concreto. Vaya por adelantado que no soy un admirador del Sr. Rodríguez Zapatero precisamente, pero la crítica debe hacerse con rigor y sin faltar a la verdad. Y precisamente por ese amor a la búsqueda de la verdad debo confesar mi profunda admiración intelectual y humana por la ejemplar obra educativa desempeñada a lo largo de más de un siglo por la Fundación Sierra Pambley, a su vez tan estrechamente vinculada a los hombres de la no menos admirable Institución Libre de Enseñanza. |  José Luis Rodríguez Zapatero | Según reza su título, el capítulo que nos ocupa pretende demostrar que don José Luis Rodríguez Zapatero es deudor de una poderosa herencia masónica, fruto de la cual procedió a afiliarse él mismo en las logias. Para ello sus autores relatan la pertenencia de su abuelo paterno, el capitán Juan Rodríguez Lozano, a la logia Emilio Menéndez Pallarés n° 15 de León, hecho real pero ultradimensionado en su significado; hinchan desmesuradamente los efectivos numéricos de la masonería leonesa durante la Segunda República, patraña falaz urdida, previa tergiversación de los datos históricos; desprestigian e infaman a la Orden del Gran Arquitecto del Universo, ironizando soezmente sobre sus ritos y defendiendo ignominiosas tesis conspirativas; y en toda esta maniobra de confusión y engaño mezclan perversamente a la Fundación Sierra Pambley, sobre la que no se privan de lanzar juicios gratuitos que en ningún momento prueban. El punto cumbre del capítulo lo constituye una inventada pertenencia a las logias de don José Luis Rodríguez Zapatero, especie que ya había sido difundida temerariamente por el visionario Ricardo de la Cierva y cuya trama falsaria ha sido recientemente descubierta. Pero vayamos por partes. | Juan Rodríguez Lozano ingresó efectivamente el 23 de agosto de 1933 en la logia Menéndez Pallarés y llegó al estadio de «compañero masón». Los autores del libelo consideran que con este hecho adquirió un inimaginable poder de influencia, que naturalmente aprovechó en beneficio propio. En sus dos años de afiliación no pasó sin embargo del grado segundo, no asumió cargo ni responsabilidad alguna en su logia madre y no desempeñó actividades masónicas conocidas. Una trayectoria pues sustancialmente anodina e intrascendental para su vida militar y política. Dada la insignificancia masónica de Juan Rodríguez Lozano, ni siquiera fue recogido su nombre por Manuel de Paz en su imprescindible diccionario Militares masones en España. Situación diferente fue la del tío abuelo de don Ricardo de la Cierva, el abogado y ferviente republicano don Julián de la Cierva Peñafiel, conocido en las logias como «Gambetta», y que como ya desveló el profesor J. A. Ayala en un libro publicado en 1986 sobre la Masonería en Murcia, llegó al grado de Maestro al menos y ocupó el cargo de Venerable (o Presidente) de la Logia Vigilancia de Murcia entre 1884 y 1885; o la del propio abuelo de don Ricardo, el también abogado don Juan de la Cierva Peñafiel, que ingresó en la misma logia que su hermano Julián y que alcanzó igualmente el grado de Maestro. Los autores del libelo, obsesionados por la existencia de redes ocultas de influencia masónica, ponen como ejemplo de la influyente mano de las logias dos cartas de recomendación a Martínez Barrio en favor de Rodríguez Lozano. Por lo que sabemos, las cartas no tuvieron ningún efecto, y desde luego en ninguno de los dos documentos existe la más leve referencia ni alusión masónica. Si para exagerar el masonismo del abuelo paterno del Presidente, los autores del libelo se han basado en una interpretación sesgada y desajustada de los datos reales, para cargar las tintas sobre la importancia de la masonería leonesa a la que perteneció se han dedicado simple y llanamente al fraude historiográfico. Así, tras enumerar los expedientes de los talleres masónicos leoneses conservados en el Archivo General de Salamanca, sin el menor decoro hacen la siguiente afirmación: «En la provincia de León, durante la II República funcionaban, aparte de la citada que aparece en el expediente 2 (se refieren a la logia Menéndez Pallarés), otras ocho logias. Por orden de expedientes son: Legionense de Apio Herdonio n° 299, Libertad n° 3, Luz de León n° 57, Pelícano n° 85, Razón Libre, Unión Fraternal n° 205, Astúrica n° 11 de Astorga, e Hijos de la Constancia n° 395». Y poco más adelante no se recatan en asegurar que «según esos mismos listados , el número total de hermanos masones ascendía a ciento dieciséis». Pues bien, lo que contienen realmente los expedientes mencionados por los autores del libelo como pretendida prueba documental irrefutable son únicamente documentos del siglo XIX, excepción hecha de los referidos al triángulo Libertad n° 3, a la logia Menéndez Pallarés y a la logia Astúrica de Astorga. Ya en 1996, el prof. Luis Martín demostró en su libro La Masonería en Castilla y León en el siglo XIX que la inmensa mayoría de los talleres masónicos enumerados habían ya desaparecido en 1894, y eso en el mejor de los casos. Lo más notable es que por ofuscación, por ineptitud o sencillamente por menosprecio al lector, los apéndices del panfletito reproducen varios de estos documentos, fechados, evidentemente, entre 1887 y 1890. Y es que durante la República sólo existió en León capital el triángulo Libertad n° 3, que se convirtió en la logia Menéndez Pallarés n° 15 a mediados de 1932; y el número documentado de hermanos masones fue de quince apenas, incluyendo esta cifra a los que ya se habían dado de baja en diciembre de 1931. La impericia lleva a los autores a confundir triángulos y logias con capítulos Rosa Cruz y otros organismos masónicos, pero este tipo de errores se debe probablemente más a la ignorancia que a otra cosa y no merece la pena detenerse ahora en ello. Establecida con tamaña fidelidad la importancia numérica de los efectivos masónicos de León, los libelistas especulan sobre la maldad intrínseca de las logias. De esa forma al factor numérico añaden la condena moral y configuran el marco adecuado a sus propósitos. De partida, para ellos las liturgias masónicas son ridículas y extremadamente estrafalarias y grotescas, mostrando en este punto una impertinencia y falta de respeto propios de personas altaneras y extremadamente dogmáticas. No sé lo que podrían pensar de tan frívolos juicios masones convencidos como W. Churchill, J. W. Goethe, O. Wilde, R. Kipling, M. Chagal, S. Ramón y Cajal, Arturo Soria, Isaac Peral, los 14 presidentes de Estados Unidos y los al menos 12 premios Nobel, 7 de ellos de la Paz. Personalmente, tras estudiar durante años miles de documentos y decenas de rituales masónicos españoles del siglo XIX saqué conclusiones diametralmente opuestas a las difundidas en el libelo. De hecho el libro que publiqué con el resultado de mis investigaciones lo titulé intencionadamente: La masonería, escuela de formación del ciudadano. Cuando uno lee las páginas dedicadas a los ritos masónicos en el panfleto de marras, no puede evitar incluir a sus autores en el verso de Machado: «envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora». Y tras las infelices ironías, el rancio discurso conspirativo de las influencias secretas y los poderes ocultos. La Francmasonería, sentencian los libelistas, «ni es en la práctica tan tolerante ni hace de la solidaridad humana una virtud de obligado cumplimiento»; y enfebrecidos por sus sórdidas certezas sobre la cosa, acaban pontificando: «lo que introduce sí la Orden es un nivel de complicidad, de nepotismo universal que teje una potente red de apoyos por el mero hecho de su pertenencia». ¿En qué cabeza cabe vuelve a preguntase cualquier lector sensato que una logia formada, por dos oficiales de correos, dos pequeños industriales, un dependiente de comercio, un maestro nacional, un contable, un empleado, un encargado de biblioteca, un abogado y un capitán del ejército constituya una potente red de apoyos en una ciudad como León?. ¿Cómo es posible que la Masonería mantuviera en León su fabulado nepotismo universal a través de estos once componentes de la logia Menéndez Pallarés? Poco mimbre para tanta cesta. Claro, como los autores del libelo tienen por oráculos particulares a César Vidal y Ricardo de la Cierva, con el secreto masónico como aliado todo vale. No importa que ya se hayan publicado en España decenas de investigaciones universitarias desmontando mitos tan sectarios. Además ya advierte el aforismo americano que hay gentes con ideas tan claras que no quieren que se las confundan con hechos. A través de un intrigante discurso complotista, que sin duda obedece a oscuros intereses editoriales, tratan de enturbiar la imagen de hombres e instituciones respetables asociándolos, verdadera o falsamente, a la Orden del Gran Arquitecto del Universo. La alevosa estrategia es utilizada con Pío Álvarez Rodríguez, responsable de la Biblioteca Azcárate, y con la Fundación Sierra Pambley. Don Pío, que en contra de lo que afirman los autores del libelo no fue sometido a ningún juicio sumarísimo, sino directamente "paseado" y vilmente asesinado, perteneció efectivamente a la logia Menéndez Pallarés. En su seno pudo compartir con otros hermanos masones la fe en el poder transformador de la educación y su común espíritu tolerante y progresista. En aquel microcosmos separado del mundo profano, donde el iniciado, como escribía el reputado masón e insigne filósofo J. G. Fichte, que nació como ser humano y pasó por la formación propia de su estamento, había de ser educado de nuevo en el ámbito de las logias como puro ser humano, pudo también buscar don Pío un remanso de paz en tiempos recios. Ello de ningún modo implica que la sede de su logia fuera la Biblioteca Azcárate, aunque por otro lado este hecho anecdótico hubiera sido políticamente irrelevante. Los autores del libelo, sin embargo, se empeñan en insistir machaconamente en lo contrario sin jamás probarlo. En algún momento incluso se atreven a asegurar que lo van a demostrar «de forma indubitada», demostración que naturalmente brilla por su ausencia en el panfleto. En el desarrollo del capítulo no se aporta una sola prueba al respecto, sencillamente porque no hay tal, pero sus autores saben que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Esa es la honesta metodología que aplican. Entérense los libelistas de una vez por todas: lo que realmente hizo la Fundación Sierra Pambley fue crear escuelas rurales y proporcionar filantrópicamente una sólida formación técnica y humana a obreros y campesinos; y una de las labores fundamentales de don Pío Álvarez Rodríguez, como el propio libelo admite, consistió lograr que la Biblioteca Azcárate alcanzase la nada desdeñable cifra de veinticinco mil préstamos anuales. Todo ello se gestionó limpia y transparentemente, no por medios extraños o maquinaciones soterradas. La culminación del capítulo lo constituye el presunto masonismo de don José Luis Rodríguez Zapatero. Dando un vertiginoso salto en el tiempo de setenta años, sin solución de continuidad los libelistas trasladan sus mixtificaciones y equívocos a la actualidad. Si Juan Rodríguez Lozano fue masón en la República, dicen, en el presente lo es José Luis Rodríguez Zapatero; si según ellos la Fundación Sierra Pambley fue la sede de la masonería leonesa durante la República, también ahora debe serlo; si el famoso abuelo del Presidente estuvo vinculado a la Sierra Pambley a través de la masonería, de la misma forma tiene que estarlo su nieto con la honorable institución educativa leonesa revivida. A nuevos tiempos, renovadas maldades. Así se hace la Historia. De entrada, siguiendo sus habituales maneras de mezclar churras con merinas y de utilizar el secreto masónico como base de sus intrigantes acusaciones, los autores del libelo interpretan la asistencia en julio del 2005 del Presidente del Gobierno a una representación de La Flauta Mágica nada menos que como signo de verosimilitud de su supuesta militancia en las logias. ¡Y se quedan tan frescos!. Menos mal que no le dio a don José Luis por asistir a El rapto en el Serrallo, porque entonces le inventan un harén. Pero pese a la perplejidad que causa vinculación tan peregrina, los libelistas todavía van más allá en sus despropósitos. Sin empacho alguno sostienen que «la sospecha de la adscripción masónica de Zapatero se fundamenta, sobre todo, en la tradición familiar y en su propia gestualidad y lenguaje». Ahí es nada. La primera de estas razones es realmente grotesca. De modo que cuando una persona se inicia en una logia transmite como por ensalmo el carácter masónico a su descendencia. ¡Vaya!. Entonces don Ricardo de la Cierva, el oráculo de la verdad para los autores, debe ponerse frecuentemente el mandil como deudor de su abuelo Juan y de su tío-abuelo Julián. El argumento desde luego destila un tufillo muy especial, pues recuerda la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo, promulgada el 1 de marzo de 1940, que inhabilitaba para formar parte de cualquier tribunal de honor a cuantos tuvieran algún familiar en segundo grado, por consanguinidad o afinidad, que hubiese sido masón. Pero la segunda razón es aún más inverosímil, si cabe. ¿En qué consiste la gestualidad y el leguaje masónicos del Presidente?. Los autores del libelo lo cifran en que Zapatero defiende los ideales de «libertad», «tolerancia», «respeto y amor a la democracia», «fraternidad», «cariño hacia los pobres» y «filantropía», que según ellos parecen recogidos del manual del perfecto masón. ¿Y eso es lo que permite identificar a un miembro de la Hermandad entre el conjunto de los españoles?. ¿Acaso no creen los propios libelistas en esos ideales?. Precisamente por aquello que critican, el lugar ideológico en que de rechazo se sitúan resulta realmente preocupante. En su carrera de desatinos leen la participación del Presidente en la inauguración del museo de la actual Fundación Sierra Pambley como otro signo inequívoco de su masonismo. De nuevo dan por sentado, y esta vez sin poder recurrir tan siquiera a manipular la figura de don Pío Álvarez, que la noble institución cultural leonesa sigue siendo en la actualidad una célula masónica. Por lo visto debemos creer a ojos cerrados en su palabra infalible. La antipatía que destilan hacia la Sierra Pambley es tan profunda que llegan hasta la agresión personal y rastrera a uno de sus ilustres patronos, Eduardo Arroyo, por otra parte grandísimo pintor y cuya obra forma parte por su impagable valía de nuestro patrimonio nacional. Como no poseen dato alguno para probar sus torcidas fantasías, los folletineros llegan a armar conjeturas asombrosas. Así, dado que en León no existe ningún taller masónico, insinúan una posible vinculación de Zapatero con una logia de Gijón por el mero hecho, agárrense señores, de que el Presidente iba a veranear de niño a aquella acogedora ciudad asturiana. Eso son pruebas contundentes. Personalmente he consultado a los Soberanos Comendadores, Grandes Maestros pasados y presentes, incluido don José Corominas, y a otras muchas autoridades y viejos afiliados de todas las potencias masónicas españolas y todos ellos, sin excepción, me han desmentido la presencia del Sr. Rodríguez Zapatero y de su progenitor en los cuadros de sus respectivas obediencias. El único testimonio directo que creen aportar los autores del libelo sobre la militancia masónica del actual Presidente del Gobierno está tomado, como tantas otras ocurrencias, del clarividente De la Cierva. Según dicen textualmente, «el gran maestre adjunto de la Gran Logia de lengua española en Estados Unidos, Arturo Fortún, ha confirmado que Zapatero pertenece a la Masonería». La fuente parece muy creíble, sólo que arrastra un pequeño problema. El periodista Pepe Rodríguez, autor del reciente libro Masonería al descubierto. Del mito a la realidad (1100-2006), indagó sobre la cuestión. En su página Web cuenta brevemente sus pesquisas, que por el interés de sus resultados no puedo evitar reproducirlas. «Al leer esa majadería», dice el periodista refiriéndose a la confirmación de masonismo de Zapatero, «pedí a quien podía hacerlo que se pusiese en contacto con el tal Arturo Fortún para verificar el dato. La respuesta fue todavía más alucinógena que la propia historia en sí misma: resulta que ese ingenuo varón escuchó el rumor de la militancia masónica de Rodríguez Zapatero en una cena de su logia y se lo creyó a pies juntillas, dado que la fuente de información era ¡¡¡el ex ministro e historiador Ricardo de la Cierva!!!». Ese bucle de mentiras autoconfirmadas, sigue comentando Pepe Rodríguez, es muy típico de la Red, donde a menudo quien inventa una patraña acaba siendo la propia fuente que la confirma. Lo dicho, de juzgado de guardia. Sentada su sarta de sandeces y engañifas, los libelistas creen por último ratificar sus inculpaciones porque Zapatero no las desmiente. Pero señores míos, ¿cómo va a aceptar todo un Presidente de Gobierno envites de tan poca altura moral?. Frente a este tipo de intentos de agravio hay dos alternativas: o negarlos y burlarse sutilmente de ellos, como ha hecho José Bono, o simplemente subestimarlos, como han hecho hasta hoy día los responsables de la Fundación Sierra Pambley, siete ministros también caprichosamente incriminados y el propio Presidente Rodríguez Zapatero. Probablemente esta segunda actitud es la más apropiada, pues ya se dice que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Si los autores del infamante opúsculo no son necios, y al parecer no lo son, saben que lo que vierten en sus páginas no se ajusta a la verdad. Por si no lo han advertido con suficiente claridad, su libelo representa una maledicencia sobre el Presidente del Gobierno, una insidia contra la Fundación Sierra Pambley, una ofensa a la inteligencia de los lectores y un peligro para la buena salud de la democracia española. Lo más penoso es que cuando se difama algo queda siempre, y de eso son especialmente conscientes quienes escriben con mucho rencor y poco fundamento. Pedro Álvarez Lázaro. Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería Universidad Pontificia Comillas de Madrid.
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