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|  | La más importante exposición mozartiana, organizada por la Galería Albertina de Viena con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial maestro, es la dedicada a documentación poco conocida relacionada con la vinculación de Wolfgang Amadeus Mozart a la Ilustración y a la Masonería de su tiempo, reflejada a través de sus obras y, en particular, a través de “La Flauta Mágica”. En 2005, vio la luz, con carácter póstumo, la obra del musicólogo y organista alemán Helmut Perl, fallecido en 2004, titulada “El caso de Mozart: Testimonio sobre un genio mal entendido”. El libro, que aún no parece haber recibido la atención que merece, recoge documentalmente los años pasados por Mozart en Viena, poniendo fin a ciertos mitos sobre el compositor. Perl centra su atención en “La Flauta Mágica”, dentro del contexto de la Revolución francesa, como alegoría sociopolítica de la Ilustración. | Perl indica, en el prefacio de su obra, que:”Mozart vivió intensamente el último período de la Ilustración radical y las disputas de los filósofos modernos con el clero, custodio de los valores y estructuras sociales tradicionales…, pretendiendo este trabajo arrojar alguna luz sobre el entorno intelectual de Mozart durante aquel período y permitir entender, en ese sentido, su vida y su obra”. Los últimos años de Mozart coincidieron con los más interesantes de la moderna historia euro-americana. Viena, más que ninguna otra gran ciudad de Europa, fue punto de encuentro y colisión entre representantes de las más divergentes posturas de aquel tiempo. Durante su corta vida (35 años), tuvieron lugar grandes acontecimientos, como la Guerra de los Siete Años, la Guerra de la Independencia norteamericana y la Revolución francesa. Aunque parte de la correspondencia personal de Mozart desapareció o fue escamoteada por Constanza, su viuda, para evitar la censura, las actitudes personales del genial músico durante su vida ponen de relieve, por sí mismas, un temperamento rebelde: en junio de 1781 dejó su empleo en Salzburgo, como organista en la corte del Obispo-Príncipe Jerónimo Colloredo, trasladándose a Viena. Colloredo, aunque simpatizante de la Ilustración, observaba una conducta despótica, tratando a Mozart como a un sirviente doméstico más ( que comía en la cocina) y cuando se marchó de allí, el conde Arco, al servicio del Obispo, le obsequió con una patada en el trasero. Aquella experiencia quedó luego reflejada en una de las más bellas arias de “Las bodas de Fígaro” ( Si quieres bailar, mi hermoso Conde, tocaré algo con mi guitarra…). A partir de entonces, Mozart actuó como músico independiente, siendo uno de los primeros en prescindir de los mecenazgos principescos… En 1784 fue iniciado en la Logia de la Beneficencia (“Zur Wohltätigkeit”). Las logias masónicas vienesas eran, en aquel tiempo, viveros culturales muy activos. En ellas se discutían tanto las posturas filosóficas de Kant o de Wieland, como los acontecimientos político-sociales europeos en general. En su libro, Helmut Pearl subraya que Mozart fue un miembro muy activo de su logia y no un simple miembro más. Compuso numerosas obras musicales, destinadas a aquélla y a otras logias, que él mismo interpretaba al piano o dirigía personalmente. La dinámica de los Iluminados (de Weishaupt) influyó de modo evidente en la Logia de la Beneficencia. En contraste con el movimiento masónico general, que evitaba las discusiones sobre temas políticos o religiosos, los “illuminati” tomaban posturas muy definidas a favor de los cambios sociales y políticos de su tiempo. El emperador José II abolió la servidumbre tradicional agraria, la pena de muerte y la censura, promoviendo importantes reformas de la enseñanza y de la legislación del imperio, abriéndolo a la difusión de las obras de la Ilustración y limitando la influencia y el poder del clero católico en el terreno político. Muchos miembros de la Logia de Mozart desempeñaron cargos en la administración estatal. Pero, tras la muerte de José II, en 1790, la reacción se impuso con Leopoldo II y, sobre todo con su sucesor, el emperador Francisco II, siendo reprimido el movimiento ilustrado y condenados a la restaurada pena de muerte, o encarcelados, varios de los amigos y compañeros de logia de Wolfgang Amadeo Mozart durante los años 1794 y 1795. A pesar de ello, el maestro se mantuvo leal a su logia y a su momento histórico, utilizando abiertamente sus composiciones musicales en apoyo de las ideas de la Ilustración y de sus Hermanos. En 1791 supervisó personalmente la presentación de su “Pequeña cantata masónica” (KV 623), que había compuesto para la inauguración del templo de la logia “La Nueva Esperanza Coronada”. Subraya Helmut Perl que Mozart no mostró la menor discreción en su actitud frente a la represión antiliberal emergente, manteniéndola hasta el día de su muerte y que a ello se debió su enterramiento en una tumba no identificada. En el capítulo final de su obra, descarta la difundida teoría de la pobreza del maestro y de cualquier abandono por parte de su familia y Hermanos masones, así como la de su muerte por envenenamiento con mercurio e infundios similares, atribuyendo lo ocurrido a un acto de venganza clerical por la adhesión mantenida por el maestro al movimiento de los “illuminati”. El entierro de Mozart fue organizado por dos sacerdotes católicos de la Iglesia de San Esteban, que se hallaban entre los clérigos más reaccionarios y opuestos a la Ilustración y que muy probablemente le negaron la extremaunción. La cuñada de Mozart, Sofía Weber, relató, 30 años más tarde, que ello fue así. También apoya esa tesis el hecho de que el barón van Swieten, que, al parecer, censuró duramente lo ocurrido, fue depuesto de su cargo administrativo en la Corte de Viena horas después de morir Mozart en aquellas circunstancias. De la muerte del maestro se hicieron eco muchos periódicos europeos y causó impresión en todo el continente. Las influencias y actitudes señaladas se reflejan en la música de Mozart y Helmut Perl pone de relieve la certeza de los contactos personales de éste con Georg Forster, James Cook y Alexander von Humboldt, conocidos impulsores de los ideales revolucionarios de aquel fin de siglo. La presentación de un Mozart abstraído en su música, próximo a la frivolidad y masón “por contagio o conveniencia” queda totalmente descartada por el musicólogo alemán, cuya obra merece ser mejor conocida.
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